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EL PAÍS DEBE MUCHO MÁS DE LO QUE CREE A LA POLÍTICA DE PAZ, RENUNCIA ANTE LA TERMINACIÓN DEL MANDATO PRESIDENCIAL

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Julio 21 de 1986

 

Carta del Presidente de la Comisión de Paz, John Agudelo Ríos, al Presidente Belisario Betancur 

 

Muy estimado señor Presidente:

 

La terminación de su mandato presidencial, la elección de un nuevo presidente de la República y mi vinculación de casi cinco años a la causa de la convivencia entre los colombianos, son hechos que, a mi juicio, justifican, por una parte, mi retiro de la Comisión de Paz, Diálogo y Verificación y facilitan, por la otra, los desarrollos que a la política de paz quiere dar el próximo gobierno. Por lo expresado, ruego a usted, muy comedidamente, aceptarme la renuncia que, con carácter de irrevocable, le presento de dicho cargo.

 

Su lucha por la paz, señor Presidente, ha sido adelantada con grandeza, decisión y generosidad. Estoy convencido, por ello, que la historia, la verdadera historia, ésa que excede el editorial político o la crónica del momento y restablece para siempre la realidad y el alcance de todos los acontecimientos, será magnánima con usted, benévola o indiferente con quienes lo acompañamos en esa ineludible tarea, fuerte con los tibios y los pesimistas, dura con quienes debiendo y pudiendo hacer algo por ella nunca hicieron nada e implacable con los que siempre menospreciaron el diálogo, el perdón y el olvido.

 

En mi opinión, lo reitero, el país debe mucho más de lo cree a la política de paz, así se empeñen algunos compatriotas en desconocerlo. Cuando esta se analiza con cierta hondura, con alguna perspectiva, sin prejuicios, tanto por lo que logró como por lo que no logró, se encontrará que merced a ella se han operado en Colombia cambios que incidirán profundamente en su futuro político y social. Gracias a ella, y valgan los ejemplos a manera de balance inicial, se logró deslegitimar la violencia como instrumento de lucha política o de cambio social. Gracias a ella los grupos que no se acogieron a la paz o le dieron la espalda perdieron todo el respaldo popular que los sostenía. Gracias a ella se firmaron acuerdos de paz que obligan y cobijan a más del noventa por ciento de los hombres que estaban alzados en armas al iniciarse el presente gobierno. Gracias a ella se evitó la generalización del conflicto armado, que hubiera cobrado, necesariamente, muchísimas victimas y hubiera producido un mayor número de secuestros y extorsiones de los que hoy sufrimos y condenamos. Gracias a ella se ha ensanchado el horizonte democrático del país con la aparición de la Unión Patriótica, como nuevo partido político. Gracias a ella, miles de compatriotas comprendieron que es injusto e impopular levantarse contra gobiernos de tan clara conducta democrática como la actual. Gracias a ella, Colombia es vista con respeto y admiración en el exterior, pues la búsqueda de la paz, a través del diálogo, ha sido no sólo elogiada sino imitada. Gracias a ella, vastas zonas del país como el Magdalena Medio, Caquetá, Meta, Arauca, etc., gozan ahora de tranquilidad, después de que fueron, ellas sí, escenarios de verdaderas guerras civiles. Gracias a ella, los enfrentamientos armados sólo ocurren hoy en dos o tres departamentos, cuando hace un par de años se daban en casi todos, así como en la gran mayoría de las intendencias y comisarias. Gracias a ella, los colombianos aceptan ya de buen grado que se debe construir una sociedad más igualitaria y que la rebeldía del campo sólo podrá evitarse si se cortan las injustas diferencias que existen entre éste y la ciudad. Gracias a ella, nadie duda hoy que el gasto público deberá reordenarse de modo que beneficie preferentemente, a las regiones más atrasadas del país y erradique los cinturones de miseria de las ciudades. Gracias a ella, centenares de agricultores, comerciantes, ganaderos, etc., han podido regresar a sus labores, en muchas zonas de Colombia, para continuar creando patria. Gracias a ella el empleo y la inversión, en regiones que fueron teatro de cruda violencia hasta hace apenas dos años, vienen creciendo en forma altamente satisfactoria. Gracias a ella muchas zonas olvidadas del país conocieron, a través de la construcción de obras de interés comunitario, adelantadas dentro del Plan Nacional de Rehabilitación, el rostro siempre esquivo del Estado. Gracias a ella, la acción cívico militar construyó en muchas partes de nuestro territorio, carreteras, puentes, caminos vecinales, escuelas, centros de salud y otras obras públicas largamente esperadas y ciertamente redentoras. Gracias a ella, centenares de muchachos amnistiados o desilusionados de la lucha armada regresaron a la Universidad, al bachillerato, o a la formación técnica, aran la tierra, pastorean, pescan o establecieron con la ayuda del Estado, que sólo duele a los pocos que no han comprendido la Parábola del Hijo Pródigo, un pequeño comercio, una modesta granja o una microempresa. Gracias a ella, industriales, comerciantes, agricultores y hombres de buena voluntad dieron trabajo, a quienes habían abandonado el taller o el surco por la lucha armada. Gracias a ella, antiguos guerrilleros se ocupan hoy en cultivos de tardío rendimiento, dando con ello pruebas de su permanente voluntad de paz. Gracias a ella se aprobó la elección popular de alcaldes, que es el paso más grande que ha dado el país hacia una verdadera democracia participativa. Gracias a ella, la vida municipal y la vida departamental han sufrido el más profundo y benéfico de los cambios de los últimos cincuenta años. Gracias a ella, el país tiene, por primera vez, una organización electoral totalmente independiente del gobierno. Gracias a ella, la institucionalización de los partidos políticos les asegura a todos el acceso, en condiciones de igualdad, a los medios oficiales de comunicación. Gracias a ella, la televisión dejó de ser un instrumento del Estado para convertirse en un instrumento de la comunidad. Gracias a ella, los colombianos han aprendido a dialogar no sólo sobre la paz sino sobre todos los problemas nacionales, aminorándose así las tensiones sociales. Gracias a ella, la gente joven, que ama desesperadamente la paz, aquí y en todas partes del mundo, y que ha llegado a convulsionarlos por esta causa, se siente comprendida, al menos en este aspecto, por nosotros, sus mayores. Gracias a ella, la vida universitaria ha transcurrido en este cuatrienio sin grandes sobresaltos, por los que nuestros altos centros de cultura han recobrado parte muy importante de su viejo prestigio. Gracias a ella se han valorizado las vidas del soldado, el Policía y el campesino, cuyas muertes no nos afligían tanto hace cuatro años como nos afligen hoy. Gracias a ella, colombianos que serán siempre grandes, como Gabriel García Márquez, Edgar Negret, Alejandro Obregón y otros más, congregaron de 26 de agosto de 1984, en plazas y calles de Colombia, a 26 millones de compatriotas suyos, para darle un no rotundo a la violencia y un sí fervoroso a la paz. Gracias a ella, curtidos combatientes reconocen, públicamente, que la lucha democrática es más productiva, políticamente hablando que la lucha armada. Gracias a ella en el llamado diálogo nacional hubo acuerdos y acercamientos altamente promisorios en temas fundamentales y controvertidos como reforma agraria, reforma urbana, reforma universitaria y servicios públicos. Gracias a ella, los grupos firmantes de los acuerdos de La Uribe reconocen «que para la protección de los derechos que a favor de los ciudadanos consagran la Constitución y las leyes y para la conservación y restablecimiento del orden público, sólo existan las fuerzas institucionales del Estado, de cuyo profesionalismo y permanente mejoramiento depende la tranquilidad ciudadana». Gracias a ella y tal como se expresa en el documento de prórroga de los acuerdos de paz, las FARC, el ADO y parte muy importante del ELN, «intensificarán el proceso de incorporación de su efectivos a la vida política y social, a la actividad civil y productiva, de modo que en un período de tiempo razonable sus actuales integrantes se vinculen a la plena normalidad civil». Gracias a ella, grupos de alzados en armas han condenado, por primera vez, no sólo en Latinoamérica sino en el mundo, el terrorismo, el narcotráfico, el secuestro, la extorsión, el chantaje, la tortura, la justicia por mano propia, el proselitismo político armado, el atentado personal, la desaparición de personas y el porte y uso de armas y uniformes de utilización privativa de las fuerzas institucionales del Estado. Gracias a ella, el gobierno que acaba de elegirse cuenta ya con una experiencia insustituible para manejar, lo que le permitirá cambiar rumbos, introducir variantes, señalar prelaciones o proponer otros caminos. Gracias a ella, la paz puede seguir trabajándose con los movimientos armados que jamás la aceptaron o con los que se alejaron de ella después de acordarla, porque el diálogo es política ya aceptada por unos y conocida por todos. Gracias a ella, la administración que se inicia el próximo siete de agosto cuenta, de antemano, «con la sincera disposición» de las FARC, el ADO y parte del ELN de «continuar adelantando el actual proceso de paz», como reza el documento de prórroga del acuerdo de La Uribe, firmado el dos de marzo del presente año. Gracias a ella, las elecciones del 9 de marzo y del 25 de mayo últimos se convirtieron en verdaderas fiestas cívicas, cuando muchos avezados observadores políticos llegaron, incluso, a afirmar que no se realizarían. Gracias a ella, el pluralismo político comienza a ser cierto en el país, como lo demuestran recientes alianzas electorales y programáticas que hubieran sido inimaginables hace apenas cuatro años. Gracias a ella, la violencia dejó de ser una preocupación sólo de quienes la sufrían para convertirse en un problema de todos. Gracias a ella, quienes perdieron la paz y la recobraron la defienden hoy celosamente y quienes nunca la perdieron comienzan a apreciarla. Gracias a ella se ha probado que se puede dialogar, provechosamente, con el adversario y que es más cristiano, inteligente y civilizado convivir con quienes no piensan como nosotros que matarnos con ellos. Gracias a ella, el gobierno que va a iniciarse encontrará que a la paciente tarea de construir la paz se suman todos los días más compatriotas y que ella no es responsabilidad exclusiva del que manda sino «un arte colectivo de minuciosa elaboración», como dijeron acertadamente nuestros intelectuales, en su convocatoria del ya citado 26 de agosto. Gracias a ella, y para no abundar, el gobierno tiene hoy, como tendrá el que lo va a suceder, la autoridad moral que en otras épocas se le discutió para conservar y mantener el orden público, precisamente porque el actual, el suyo señor Presidente, oyó, discutió, convenció, concilió, otorgó, olvidó y perdonó.

 

Es indiscutible, señor Presidente, que queda un largo trecho por transitar. La paz, siempre se dijo, es un proceso que, como todos los demás procesos, exige una acumulación diaria de logros, para que lo buscado o perseguido se convierta un día en realidad. Al gobierno que bien le espera, por eso mismo, la ponderosa tarea de terminar esta obra inconclusa que es la más grande y noble que ha emprendido Colombia. Desde ahora le deseo buena suerte y ruego porque todos mis compatriotas, por encima de sus afectos o sus desafectos, de su pesimismo o sus prevenciones, de su posición política, de su puesto en la sociedad, lo apoyen sin reservas, le colaboren, lo alienten. Que ninguno olvide que la guerra progresa matando, mientras la vida, como escribió hermosamente Rojas Garrido, es inocente.

 

Antes de terminar, señor Presidente, me parece justo, de elemental justicia, recordar a mis ilustres antecesores en la presidencia de la Comisión de Paz y a todos y cada uno de los compañeros, y un poco más, con quienes compartí, durante tantos años, la dura tarea de acompañar a usted por los difíciles y a veces incomprendidos caminos de la paz. Le reitero, una vez más, mis agradecimientos por la envidiable oportunidad que me dio de trabajar por la paz de los colombianos, por la confianza ilimitada que siempre me dispensó y por las muchas pruebas de amistad que recibí de usted a lo largo de estos años.

 

Sea esta la ocasión para renovarle mis sentimientos de admiración, respeto, solidaridad y aprecio.

 

 

Fuente: Villarraga Sarmiento, Álvaro, compilador y editor. (2009) Gobierno del Presidente Belisario Betancur 1982-1986. Tregua y cese al fuego bilateral FARC, EPL, M-19, ADO. Tomo 1 - Serie el Proceso de Paz en Colombia. Bogotá, Colombia: Fundación Cultura Democrática, FUCUDE

 

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