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UNA PAZ IMPOSIBLE
Julio 20 de 1986
Informe del Presidente Belisario Betancur al Congreso de la República, (aparte)
Una paz imposible
Salvo lo pactado con el Movimiento de Autodefensa Obrera, que ha transcurrido según lo previsto, los acuerdos firmados el 23 y el 24 de agosto de 1984, con el M-19 en Corinto, y con el EPL en Medellín, se han quebrado, en el primero de los casos de un modo espectacular, y con el epílogo más desafortunado que se pueda concebir, provocado por un crescendo del delirio y de un terrorismo que sobrepasa límites, en la misma medida en que el movimiento insurreccional pierde sustento en la opinión.
Al reflexionar sobre el proceso seguido en este caso, no se puede desconocer que el M-19 había logrado penetrar en la simpatía de algunos sectores urbanos, sea por la proveniencia de sus cuadros, sea por la apelación a métodos propagandísticos, sea, en fin, por la imagen de Robin Hood que se había labrado.
Tampoco se podría pasar por alto que obraba con refinado cálculo, de modo que acciones de riesgo y de impacto, especialmente en áreas urbanas, despertarían una reacción defensiva de la comunidad, en ocasiones, con desventaja para espectadores, ciudadanos o grupos de población que, en muchos casos, se tornaban en desafectos de las Fuerzas Armadas.
Si a todo lo anterior se añade que el M-19 se había forjado la excelente máscara de ser prominente de paz, con lo cual llegaba más al fondo de los corazones de una ciudadanía ávida de tranquilidad, se obtiene un cuadro en el cual la agrupación partía de ventajas tácticas en una estrategia de desestabilización y de conquista de posiciones de poder. A su vez, la osadía y esta ventaja, lo pondrían en la más riesgosa y extrema posición de jugar al todo y a la nada, en la típica expresión del maximalismo político.
Las vicisitudes de los acuerdos
Precedidos de conflictos y de inusual actividad guerrillera, los acuerdos con el M-19 bien pronto derivaron en escepticismo. Hasta cuando languidecieron por agotamiento de propósitos y de credulidad, el gobierno como un todo no dejó de cumplir las citas en las comisiones del diálogo nacional, que había iniciado en octubre 14 en 6 ciudades y se había instalado formalmente el 1° de noviembre de 1984.
La ambigüedad entre la paz y la guerra, bien pronto se hizo palpable, en la situación de Corinto, en la semana final de 1984. Y si el gobierno realizó cuanto pudo para mantener el casi quebrado hilo de la paz, no correspondía a ella el M-19 con demostraciones de reclutamiento y entrenamiento urbano en los campamentos, mal disimulados con pretextos electorales.
Un último intento de mediación, a través del Procurador y el Embajador de Colombia en Londres, en marzo de 1985, concluyó sin resultado alguno, por falta de compromiso de los representantes del M-19.
A partir de abril, los combates se suceden casi sin interrupción, con epicentro en Valle y en Cauca, hasta que el M-19 consagra verbalmente lo que en la práctica venía realizando: la ruptura de los acuerdos, precipitada en junio con la ilusión de provocar un efecto desestabilizador en el proyectado para cívico que se realizaría el 20 de aquel mes.
Pero justamente el fracaso en la proyectada escalada de violencia en aquella fecha, había demostrado hasta la saciedad cuánto había perdido el M-19 en respaldo de opinión, cuánto se mostraba ahora como contrario a la paz que proponía, y cuánta falta de imaginación había exhibido, aun cuando en muchos momentos tuvo en sus manos libre acceso a los medios de comunicación.
En la misma medida de su aislamiento político, el M-19 comenzaría a perder opinión por sus proyecciones terroristas. El comienzo del terrorismo es muy fácil de explicar por la correlación que se da entre fracaso político, pérdida de opinión e imposibilidad de retorno, una vez se ha iniciado el camino. La presencia terrorista compensa el vacío político, ilusiona con una supuesta fuerza y calcula el efecto de una pérdida de legitimidad del Estado ante la opinión, porque se demuestra que el Estado carece de capacidad de control, o no puede otorgar tranquilidad plena a la ciudadanía. Una vez que ha traspasado el umbral de la aspiración política, el movimiento terrorista entra en aquella peligrosa condición de todo o nada, donde todo medio se valida y donde es quimérico pensar en diálogo o negociación, porque el maximalismo no se contenta ya con una posibilidad de poder, de influencia, de opinión, para persuadir sobre sus aspiraciones justicieras.
(…) No podía ser más calculado el efecto del proyecto terrorista. Con el secuestro colectivo de la Corte Suprema de Justicia, el M-19 aspiraba a abrir una brecha insalvable y a introducir el máximo desconcierto entre los tres poderes públicos. Coartada la libertad de juicio de la Corte Suprema de Justicia por la amenaza sobre la vida de los magistrados, el alegato de un enjuiciamiento al Presidente de la República otorgaría un falso título a los terroristas, que de reos pasaban a ser jueces.
En este proceso, esperaban ganar tiempo precioso para agobiar al gobierno en múltiples direcciones. Imaginaban las presiones internacionales; las querellas entre la Corte, el Congreso y el Ejecutivo; los conflictos entre los partidos políticos; las discrepancias entre el poder civil y las Fuerzas Armadas; el divorcio de la opinión pública y un Gobierno que perdería toda credibilidad y toda autoridad, perdiéndose la misma democracia con él; el pánico y el desasosiego de todos, del cual ellos saldrían bien librados como héroes, pacifistas y justicieros. (...)
Logros del diálogo nacional
Como balance general del diálogo nacional, se puede afirmar que los resultados obtenidos fueron favorables, si se tiene en cuenta que el diálogo fue una experiencia nueva vivida por el país, en medio de grandes esfuerzos por desarrollar un propósito de paz sobre el cual no existían experiencias ni antecedentes en nuestra historia. Como logro es tal vez el más significativo, el espacio político logrado para aquellas personas, comunidades y organizaciones que no habían tenido posibilidad de opinar en foros de trascendencia nacional y allí lo hicieron voluntaria y ampliamente.
De igual manera, fue la oportunidad de dialogar civilizadamente, en la misma mesa, entre personas con quienes nunca se creyó posible hablar ni mucho menos conciliar intereses, marcó sin lugar a dudas, el inicio de un nuevo estilo en las relaciones políticas por disímiles que sean las posiciones de los contendores.
Por último, en las diferentes ponencias, propuestas y conclusiones preparadas por las subcomisiones del diálogo se deja una serie de alternativas adecuadas para obtener muchas de las soluciones a los problemas nacionales que unánimemente reclaman todos los sectores del país. El diálogo nacional con sus grandes o pequeños logros, fue un mecanismo importante dentro del proceso de paz.
Fuente: Villarraga Sarmiento, Álvaro, compilador y editor. (2009) Gobierno del Presidente Belisario Betancur 1982-1986. Tregua y cese al fuego bilateral FARC, EPL, M-19, ADO. Tomo 1 - Serie el Proceso de Paz en Colombia. Bogotá, Colombia: Fundación Cultura Democrática, FUCUDE

