Noviembre 29 de 1989
Nos reunimos aquí en medio de una crisis cautivante. En nuestras manos está el caos, es decir, el desafío, la pregunta. Esta crisis y la administración de la crisis nos ha involucrado a todos en el conflicto. Desde esta situación excepcional, la búsqueda se torna implacablemente colectiva y nacional. Por fortuna las opciones autoritarias, oligárquicas, excluyentes ya no nos alcanzan. En su quiebra definitiva se esconde la salvación de Colombia y el nacimiento de una nueva fase histórica basada en el consenso y la justicia. Nos congregamos los protagonistas de las más diversas historias mirándonos a los ojos. Para nadie aquí es un secreto el encuentro sin dobleces de antiguos enemigos hoy reconciliados en un instante de convivencia, enfrentados a la tarea singular de tejer juntos un nuevo código que desaloje de nuestro destino la condena a una violencia recurrente, tan vieja como nuestra memoria.
Para algunos en el país, doblegados por el peso de las ideologías o prisioneros de la nostalgia, nuestra aventura resulta herética o alucinada; es el sino de los tiempos presentes: los senderos nuevos provocan reacciones airadas. Intentar la paz en Colombia es colocarse de frente contra los caminos trillados por el odio y la falta de imaginación y audacia. Hacer la paz en Colombia es derribar los muros que nos incomunican, nos dividen y nos enfrentan. El M-19 puede transitar libremente ese camino y proponerlo serenamente al país porque le son familiares los dioses de la guerra, sus claves no le son ajenas y respeta su papel en la vida de los hombres; también, por supuesto, conocemos sus demonios. Nuestro deambular por el conflicto nacional del cual hemos sido, por destino y vocación, protagonistas activos, hombres y mujeres de primera fila, nos entrega la visión clara y la visión precisa del único futuro posible y deseable, el reordenamiento de las actuales fuerzas políticas y el advenimiento de una nueva alianza nacional en la cual se encuentren los líderes de la patria nueva y con la cual se inicie la gesta de construir los interlocutores capaces de hacer la paz e intentar la liberación creadora de nuestra cultura con las virtudes de nuestra estirpe.
Toda esta carga de certezas explica nuestra perseverancia en el camino escogido y en nuestro rechazo abierto al escepticismo, la incertidumbre al sentimiento de impotencia de los colombianos; y explica, en buena medida, la presencia de Colombia en esta sala. Hemos decidido salir del laberinto de las armas para poblar a Colombia de múltiples señales que hagan posible el reencuentro del país nacional y el país político del artesano y el técnico, del obrero y el intelectual, del gobernante y el marginal, del guerrillero y el soldado: el país prometido por Bolívar, por encima del odio, la doble moral y los egoísmos de partido o clase. Este nuevo sendero, iniciado solitariamente, está dando sus frutos: miles de colombianos han escuchado nuestro clamor. Los individuos inician la maravillosa mezcla de las multitudes y desde esta patria puesta en movimiento brotan las inteligencias y las voluntades llamadas a guiarnos hacia la utopía de la democracia.
Este M, el que ustedes conocen, ha sido perfilado con espíritu libertario, con los pies sobre el camino para no perdernos en los sueños y con la imaginación desplegada para no padecer la pesada carga de las hipotecas mentales, porque sobre ellas es impensable reconstruir la confianza en nosotros mismos y el orgullo por nuestra particular forma de ser, de organizarnos para la producción y para actuar como ciudadanos, como sujetos vitales del Estado y la sociedad. Nuestra búsqueda es hacer grande a Colombia y a los colombianos; nos sentimos sublevados por esta patria maltrecha con riquezas malversadas, de imposiciones brutales, de democracia formal sin alternativas humanas.
Asistimos hoy a la bancarrota de múltiples modelos políticos, económicos y sociales a nivel mundial; y dentro del desastre está nuestro continente y está Colombia. Avanzamos a la deriva de las leyes del mercado mundial, en el cual somos salvajemente marginales: «Leves briznas al viento y al azar»1. La capacidad de supervivencia y la enorme iniciativa de los colombianos no es diestramente utilizada, proyectada; el Estado carece de propósitos o posee demasiados propósitos pequeños e incoherentes que, desgraciadamente, desplazan los objetivos dotados de generosidad y grandeza; el Estado actual a nadie convoca, no posee ciudadanos, está inerte y confabula contra todos. Invocamos una patria nueva, con nuevos líderes y otros objetivos, en la cual se use a plenitud la iniciativa privada en todos sus niveles.
Queremos y luchamos por un país de propietarios. De propietarios solidarios con objetivos económicos planificados más allá de la brevedad de un gobierno y construidos a una distancia menos arrogante y estéril que la del propio gobierno de turno y su séquito de expertos. No podemos mantener empresas y empresarios que no incorporen al trabajador en sus luchas, en sus beneficios, en sus objetivos y en sus logros. Porque así la defensa del patrimonio acumulado siempre será inhumana y violenta, cuando no insostenible. Ni tampoco entendemos trabajadores y sindicatos atrincherados eternamente en la defensa del salario olvidando que la reivindicación más alta es ser empresa ellos mismos. El interés, el conocimiento y la participación activa en el desarrollo y en las decisiones nos permitirán asumir que la riqueza creada es de todos y de la nación. Sólo esta unidad permanentemente concertada en la producción superará las inclemencias del capital financiero y hará posible el salto de la renovación tecnológica. Porque una democracia política que no construya la democracia económica se condena al infortunio y se envilece como sistema de vida en los torrentes de la corrupción y el privilegio sin Dios ni patria.
Queremos y luchamos por un país de ciudadanos conscientes de sus ventajas comparativas, para competir con tenacidad y audacia con los polos de poder mundial. Ciudadanos capaces de construir, al lado de sus horizontes nacionales, su espacio para la vida individual, la familia, el entorno cercano. Es este el punto de partida de la libertad: el tejido social solo puede ser solidario si es libre. Queremos ciudadanos enteros ejerciendo su verdad sin humildad ni soberbia, siempre dignos, porque se saben dueños de un lugar en la historia grande o pequeña de su comunidad, de su municipio, de su región, de su país. Y ello es posible y está sucediendo. Debajo del caos se forja una nación nueva que hoy exige ser reconocida. De ahí la urgencia de, con todos y para todos, pactar una nueva Constitución.
La nueva Constitución debe restablecer la fraternidad nacional y, su contenido estar al alcance de la totalidad de los colombianos. Una Constitución que para los expertos es totalitaria. Y una Constitución que no se cumple es una caricatura de los derechos y una burla a los componentes vivos de la nación. Iremos hasta el último tercio y en él, dejaremos nuestras armas. El avance ni ha sido ni puede ser tímido, ni prisionero de viejas verdades, algunas de ellas luminosas pero igualmente transitorias. Continuaremos nuestra búsqueda desde una distancia más próxima a la existencia cotidiana de Colombia y sus gentes. Más cercana a sus anhelos; lo cual no quiere decir que nuestro camino no esté surcado de obstáculos y amenazado por la dificultad. No ingresamos a la plenitud ciudadana en una patria sosegada y tranquila: no cabe entonces la inocencia. Tampoco hemos despejado todos los vicios del sistema electoral colombiano; el voto secreto e íntimo no existe, la equidad en el acceso a la palabra que a diario se expande a través de las comunicaciones es aún precaria; los tiempos, cortos. Pero pese a esa tremenda desventaja continuamos provocando la ira en los pequeños hombres que zozobran ante los grandes saltos. Seguimos avanzando porque apostamos a la única incógnita no manipulable: el pueblo. Y edificamos con él una opción de paz seductora, una esperanza habitable.
Conciudadanos: las grandes utopías han sido siempre democráticas y lo son también las grandes empresas solidarias. Nuestra aventura será radical, no por los innumerables cambios que pregonamos, ni por la inflexibilidad de nuestras búsquedas, ni por la intolerancia de nuestras doctrinas; seremos radicales, simple y llanamente, porque ninguna de las promesas contraídas dejará de cumplirse en nuestro camino inexorable al poder. Y, desde el poder, nuestra lucha será humana y nacional; porque pese a estar de cara al universo, nuestro pulso es colombiano y con él toda nuestra sangre. Por la patria, por la vida, por nosotros mismos.
1 Del poeta Porfirio Barba-Jacob
Fuente: Villarraga Sarmiento, Álvaro, compilador y editor. (2009) Gobierno del Presidente Virgilo Barco 1986-1990. Se inician acuerdos parciales, pacto político con el M-19. Tomo 2 - Serie el Proceso de Paz en Colombia. Bogotá, Colombia: Fundación Cultura Democrática, FUCUDE

