Julio 29 de 1988
Los años de soledad de nuestra patria empiezan a terminar. Esta reunión de hoy, en la cual participan colombianos movidos por su vocación de paz y su valor civil, da comienzo a una nueva era de búsquedas y concordia. Venciendo el escepticismo, arrollando la desesperanza, la reunión del 29 de julio es la primera piedra del edificio de la nueva Colombia.
A ella no llegamos todos. Unos, porque el tamaño de la reunión -que es la primera y está concebida para ordenar la ruta, elaborar los diseños iniciales- no podía abarcar la necesaria representación multitudinaria de la sociedad colombiana. Otros, porque a pesar de ser promotores, fuimos impedidos de asistir a este encuentro por un ausente vocacional: el Gobierno. Algunos más, porque les asusta el fracaso de esta nueva aventura de la paz y prefieren quedarse en la cómoda tribuna del comentario crítico y desalentador. Pero estamos seguros de que el desarrollo de los acontecimientos reducirá el número de «espectadores» y aumentará el de los protagonistas.
También cuenta entre los ausentes esa minoría que ni cree ni quiere la paz, cuyos odios y esquemas mentales le impide ver caminos distintos al de la desaparición física, la destrucción o la rendición incondicional del antagonista. Con todo y estas ausencias, la reunión de hoy es suficientemente representativa y cuenta con la necesaria legitimidad para asegurar un comienzo. Sobre todo, tiene las virtudes de la modestia y de la voluntad política para desatar un proceso cada vez más participativo, más sólido, con visión de futuro, con resultados concretos a corto plazo; y tiene una indeclinable vocación de convocatoria, un agudo sentido práctico que convertirá las coincidencias iniciales en realidades tangibles - pactos, acuerdos, decisiones- para dinamizar el cambio.
Si bien la ausencia física del Gobierno y de la guerrilla impiden darle a esta reunión el nombre de Cumbre -según se acordó en Panamá- ello no representa obstáculo para el avance. Puede la nación contar con la certeza de que el movimiento guerrillero continuará aportando, alentando y participando. Para nosotros -y en particular para el M-19- la palabra espectador, en lo que al proceso de paz concierne, está excluida del diccionario. Estamos con ustedes ahora y seguiremos a su lado, en los logros y en las dificultades, seguros de su compromiso y concientes de la gran responsabilidad, desafío y riesgo que para todos representa este camino. Pero, ante todo, optimistas porque entre todos encendimos nuevamente la esperanza, esa virtud revolucionaria que parecía agotada y que hoy alienta el ánimo de la nación.
Para ustedes, como para nosotros, es preocupante la ausencia del Gobierno. Pero más preocupante es su inconsistencia política y falta de seriedad. Es la impotencia de la que hablaba el doctor Gómez Hurtado.
¿Qué hacer frente a la actual ausencia de Gobierno?
No es fácil responderle a un Gobierno que aduce razones constitucionales para impedir la asistencia de la guerrilla a esta reunión y al mismo tiempo deja claro -con su propuesta de reformas- que la Constitución que nos rige es obsoleta. ¿Qué hacer frente a un Gobierno que pretende restarle legitimidad a esta reunión de colombianos con argumentos morales mientras el país y el propio Estado naufragan en una inmoralidad creciente y sin visos de solución? ¿Qué actitud adoptar frente a un Gobierno que habla de democracia participativa y ante un evento como éste limita y coarta la participación? ¿Cómo creerle a un Gobierno que reivindica la ilusión de su legitimidad, cuando frente a la crisis no ejerce liderazgo, no asume sus responsabilidades ni fundamenta su legitimidad con soluciones realistas? ¿De qué hablar con un Gobierno que sigue repitiendo, dos años después, su discurso de posesión, reiteración que llama coherencia, y que confunde el vicio de su terquedad con la virtud de la persistencia?
Pero, bueno, no debemos quedarnos fijos en la crítica a las incompetencias gubernamentales. Su impotencia no tiene que desanimarnos. Por el contrario, hace más elevado y concreto nuestro compromiso. Sirve para potenciar a una nación que demanda un mandato que la salve de la ruina. Y la evidencia de que ese mandato no surgirá del actual Gobierno, nos enfrenta a la dimensión de la tarea que tenemos por delante. Hay ahora en Colombia un espíritu de reconciliación. Creemos que la tarea inmediata es alimentar y materializar ese espíritu mediante un plan de paz que, a su vez, sea eje y activador de un mandato nacional. Sentar las bases de ese plan y de ese mandato deben ser objetivos de las fuerzas participantes en esta reunión.
Como cualquier punto de partida es válido para aclarar esta propuesta, tomemos la concepción gubernamental de la paz, su diseño y viabilidad. El Gobierno sostiene que la paz depende de la voluntad de los grupos alzados en armas de reincorporarse a la vida civil. Nosotros vamos más allá que el Gobierno: no sólo estamos dispuestos a incorporarnos a la vida civil, sino que muchos de nosotros querríamos integrarnos a las fuerzas armadas. ¿A la actual vida civil? Claro que no. ¿A las actuales fuerzas armadas? ¡Menos! A una vida civil transformada por el ejercicio pleno de las libertades, la seguridad ciudadana y el respeto a las opiniones y vida de los oponentes. A una vida civil en la que quepa la protesta, la iniciativa de reformas, la denuncia de los abusos, el castigo a la injusticia, sin el temor de ser desaparecido y asesinado.
Y estaríamos dispuestos a incorporarnos unas fuerzas armadas que respeten la dignidad humana, a unas milicias cuya doctrina condene la mentira y la infamia como medios de la guerra. A unas fuerzas armadas que promuevan a sus hombres y mujeres por mérito, que permita a la suboficialidad alcanzar los rangos de oficiales. A unas fuerzas armadas que estimulen el libre examen. En fin, a unas fuerzas armadas consagradas a la defensa de la soberanía y no de los privilegios, queridas y respetadas por el pueblo. La transformación de la vida civil no depende tan solo del Gobierno. Depende también de todos nosotros. Y en esta reunión está el germen para el desarrollo de fuerzas civiles, políticas, religiosas y sociales que activen el cambio y hagan de la vida civil el patrimonio más preciado de nuestra sociedad. Empecemos por cambiar el concepto de que las reformas se hacen por decreto. Lo cierto es que el país se ha transformado a pesar de las leyes y, la mayoría de las veces, contra ellas. Y ha sido la incapacidad de los gobiernos para adaptar la legislación a las aspiraciones y cambios de la sociedad civil, lo que ha determinado la situación de marginalidad y de violencia. Generar un nuevo mandato significa desatar las voluntades de cambio, propiciar la concertación, elaborar las leyes que ordenen esos cambios y consagren esas concertaciones; y, desde luego, proporcionar los recursos que hagan viable ese proceso.
De esta manera, es posible -aún sin el Gobierno- generar un mandato a partir de la sociedad civil aquí representada. Pero es imposible, sin el Gobierno, completar ese mandato. Y aquí, de nuevo la pregunta: ¿Qué hacer con el actual Gobierno que ni raja ni presta el hacha? De momento, empecemos. Ello es posible con esta reunión. Los pactos sectoriales para impulsar, desde la sociedad civil, reformas como la agraria (que debe contar con la participación efectiva de todas las fuerzas agrarias), o los pactos regionales y locales (cuya realización no siempre requiere de la participación gubernamental), son tareas que pueden impulsarse desde ya. De nuestra parte, apoyaremos todo pacto que genere productividad, bienestar común y que no atente contra otras comunidades o sectores sociales.
Somos conscientes de las dificultades que para ello enfrenta una sociedad como la nuestra, en donde el capitalismo no tuvo el origen democrático de otros países y en donde la dependencia financiera y tecnológica juega un papel determinante en la economía nacional. Esos males son, por ahora, necesarios. Tenemos que pactar con las multinacionales y los monopolios. Pero ello no significa someterse resignadamente a sus designios. Esos males toca enfrentarlos como conjunto, como nación: ni el Gobierno solo, ni cada sector por su cuenta y riesgo, tiene la capacidad de ir ganando terreno en esa desigual pelea. Generar un mandato nacional es, pues, también, generar las fuerzas capaces de oponerse a quienes impiden el desarrollo y el bienestar patrios.
Pero volvamos a lo de las fuerzas armadas. Es necesario, porque ningún plan de paz y ningún mandato nacional será posible sin el concurso y la voluntad de ellas. Al fin de cuentas, los gobiernos pasan, pero las fuerzas armadas quedan. Una de las grandes fallas del anterior proceso de paz fue la marginalidad, en cuanto a opinión, de las fuerzas armadas. Toca hablar con ellas. A lo mejor el camino inmediato no es el del diálogo guerrilla- FFAA. Ese puede ser el punto de llegada.
Existe un desconocimiento de la nación respecto a las fuerzas armadas. Ellas son utilizadas como arma de contrainsurgencia y, al mismo tiempo, despreciadas por la oligarquía, enfrentadas constantemente al pueblo, alimentadas ideológicamente por las doctrinas maniqueas del Pentágono. Por eso, sus hombres terminan escépticos o amargados. Toca romper el tabú de la no-deliberancia de las fuerzas armadas. Y entre nosotros, los inconformes, toca acabar con la idea de que esa institución carece de hombres con valores morales, con dolor de patria, con inquietudes calladas y dudas inconfesas, quienes pueden ser interlocutores en un proceso de renovación y cambio. Toca entonces, también, enterrar el mito de que todo proceso de cambio pasa por el aniquilamiento de las fuerzas armadas.
Esta aventura de la paz, este proceso de reconciliación nacional, nos exige romper esquemas, potenciar la generosidad y la audacia, para ensayar nuevos caminos de aproximación. En ese sentido, la disposición del M-19 es total y no tenemos reticencias ni abrigamos rencores de ninguna especie. Estamos dispuestos a participar en las conversaciones que sean necesarias y contribuyan a generar una transformación de las fuerzas armadas –y de otras instituciones- en la perspectiva del entendimiento nacional. Y creemos que es imprescindible en esta tarea la participación de todas las fuerzas hoy reunidas; de las que
se consideran amigas o enemigas, cercanas o alejadas de las fuerzas armadas; de las que se engañan creyendo que ellas no han podido aniquilar la insurgencia por falta de recursos o limitaciones jurídicas; y de los que sabemos que las causas están en la esencia misma de las actuales fuerzas armadas.
Hubiéramos querido ir más allá de esta exposición de criterios. Porque queremos convertirlos, en la discusión abierta con ustedes, en acuerdos, planes y propuestas más acabadas. Nuestra ausencia física impone limitaciones innegables ahora. Está es, sin embargo, nuestra disposición a dialogar, confrontar tesis y criterios, y buscar caminos de reconciliación, que no se agota en este primer impedimento. Antes bien, se fortalece ante la decisión de todos ustedes de dar este paso inicial y avanzar en la medida de lo posible. Como Monseñor Castrillón, creemos que Colombia es más grande que su gobierno.
MOVIMIENTO 19 DE ABRIL: CARLOS PIZARRO, Comandante General. ANTONIO NAVARRO,
OTTY PATIÑO, GERMÁN ROJAS, comandantes
Fuente: Villarraga Sarmiento, Álvaro, compilador y editor. (2009) Gobierno del Presidente Virgilo Barco 1986-1990. Se inician acuerdos parciales, pacto político con el M-19. Tomo 2 - Serie el Proceso de Paz en Colombia. Bogotá, Colombia: Fundación Cultura Democrática, FUCUDE

